El taller queda en una calle angosta de La Boca, a dos cuadras del Caminito, pero el ruido de los turistas no llega hasta ahí. Adentro huele a esmalte sintético y a trementina. Don Héctor, que aprendió el oficio a los catorce años en un taller de la zona, me recibe con un pincel en la mano y una sonrisa que dice que ya está acostumbrado a las visitas.
El fileteado es una de esas tradiciones porteñas que uno cree conocer hasta que ve de cerca cómo se hace. No es solo pintar flores y cintas sobre un capó o un cartel. Es entender la simetría, el ritmo del trazo, el lugar exacto donde va cada hoja y cada voluta. Don Héctor me muestra una tabla de madera que está pintando para un cliente: "Acá lo importante es la composición. Si el ojo no encuentra un camino, la pieza no funciona".
Mientras trabaja, cuenta que los talleres de fileteado eran muchos en los años cincuenta. Cada barrio tenía el suyo, y los camiones, los colectivos y los almacenes encargaban letreros con nombres floridos y colores vivos. Hoy quedan pocos maestros, y la mayoría tiene más de sesenta años. "El oficio no se pierde del todo", dice, "pero se aprende distinto. Antes era de a uno, con el maestro al lado. Ahora hay cursos, videos, gente que viene de afuera a aprender".
La conversación se va llenando de historias: el fileteador que pintaba los camiones de una empresa de mudanzas y le puso un león en cada puerta, el cartel de una carnicería que todavía se ve en Boedo, la vez que le encargaron un cuadro para una embajada y tuvo que explicar qué significaba cada símbolo. Don Héctor habla de los colores como si fueran palabras: el azul es el cielo, el rojo es la pasión, el verde es la esperanza. "Pero no hay reglas fijas", aclara. "Cada maestro tiene su estilo, y eso es lo que hay que cuidar".
Antes de irme, me muestra un cuaderno con bocetos que dibujó hace cuarenta años. Las páginas están amarillas, pero los trazos siguen firmes. "Esto es lo que le dejo a los que vienen", dice, y cierra el cuaderno con cuidado. Afuera, la calle sigue con su ruido habitual, pero el taller queda en silencio, con el olor a esmalte y la luz de la tarde entrando por la ventana.